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Blog de María Centeno: “De celeste al cielo”

Paco

“Anestesia.” Eso fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me dieron la noticia. “No logro sentir.” Como cuando chocas contra el bordillo o te golpean fuerte y te quedas quieto, esperando el dolor; sin embargo tarda medio segundo en alcanzarte. Ese medio segundo de anestesia es lo sentí con el trozo que se me rompió por dentro al saber que Paco ya no está.
Lo peor de la anestesia es cuando se termina. 
Aún me duele un poco el cuerpo de recordarte.

-“¿Sabes Paco?, tengo envidia de mi propia vida. Siempre lo pienso y sé que si pudiese escoger entre cualquier existencia del planeta, volvería a elegir los caminos que me han traído hasta aquí.” Le solía decir por teléfono. Porque Paco me llamaba. Paco nos llamaba, a mi, y a mis compañeras. Él no sólo era un hombre de negocios, también sabía cuidar a los hombres.

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Como dice Isai Thomas: <<Si cuando ya no esté aquí sólo me recuerdan por ser un gran jugador de baloncesto, significará
que algo he hecho mal con mi vida.>> Eso era él. Él era más que baloncesto, mucho más. Era una buena persona, y ese es título no lo conceden las universidades, ni los libros. Ese título sólo lo dan los valores. Ese es el único título por el que, para la gente como yo, merece la pena vivir hasta vaciarse.
Justo y bueno. Serio y amable. 
Un hombre sin traje ni corbata, que derrochaba carisma por cada uno de los poros de su piel, a pesar de los golpes que le había dado la vida. Supongo que en cierto modo, por eso era tan importante para nosotros; porque nadie mejor que él sabía lo necesario que es para una persona sentirse querida y cuidada.

-“Hola niña, soy Paco. ¿Cómo estás?” 
 -“Hola Paco, lo hemos intentado, de verdad. Pero no ha sido suficiente.”
 -“No te preocupes niña. Quiero que estéis bien. Tranquilas. Sé que os estáis esforzando y sólo quiero que disfrutéis.”

(Lunes, 9 de enero del 2012)

De todas las llamadas recuerdo esta con especial cariño. Eran las 22:30, había terminado la navidad y, tras el entrenamiento fui a estudiar a la facultad de Peritos, dos días antes perdíamos por cuarenta en Girona. Sin embargo de este instante, mientras hablábamos él y yo, sólo puedo decir que era feliz. Lo era porque estaba donde quería y, lo más importante: sentía que me querían donde estaba.
Y ese era él, una de las mejores personas que he conocido haciendo eso.
Paco te hacía sentir importante.

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