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Blog del Entrenador. Anaïs Veilleux: “La Huella”

Zona 2-3 22 enero, 2016 Blog del Entrenador, Blogs No hay comentarios
Lahuella

Dos meses después del comienzo de la temporada, reemplacé a un entrenador. Era un equipo de alevines de una liga menor. Sigo pensando que cuanto más jóvenes y jugando en ligas menos importantes, mas difícil es el reto. Tengo que entender y ajustar bien que lo que puedo y debo exigir de cada uno y también del equipo.

Algunos se conocían pero nunca habían jugado juntos, unos venían de otro deporte, otros no habían jugado nunca al baloncesto, y alguno probaba por primera vez un deporte. Les pregunté lo que querían o esperaban de la temporada, y casi me contestaron a la vez, “jugar bien al baloncesto”. Estaba convencida que dirían ganar los partidos y la liga! Tuve que pensar muy bien lo que les contestaría…y les dije: “no os voy a prometer nada salvo que voy ayudaros a cada uno, día a día, para que al final de temporada logréis jugar como equipo y que estéis contentos de lo que habéis mejorado como jugadores. Eso sólo lo podré lograr si me ayudáis, viniendo cada día con entusiasmo, ganas de aprender, ilusión y concentración”. Me miraron extrañados, rieron y contestaron, “claro!”

Antes que nada convencí a un pequeñín para que no abandonara porque había cogido un miedo horrible a que le alcanzara una pelota en la cara ya que usaba gafas, y no se atrevía ya ni a recibir pases ni a tocar la pelota.

Quise ver como jugaban o más bien como se movían con el balón… y entonces supe que tendría que trabajar muchísimo para alcanzar sus expectativas.

Los primeros meses pasaba mucho tiempo explicándoles lo que significaba trabajar en equipo, y que lo entendieran jugando. Lo que era el compromiso individual y también con el equipo. el que aceptaran cada uno su propia realidad, sus habilidades, el ritmo que cada uno tenía para aprender y mejorar, sin comparaciones. El ser humildes y generosos cuando jugaban. Y sobretodo que nunca olvidasen que el primer objetivo que se habían marcado todos era aprender a jugar bien al baloncesto.

Los primeros meses no fueron fáciles, a veces veía frustración en sus ojos pero yo me limitaba a sonreír y a continuar trabajando…me decía a mi misma, si me ven hacerlo, ellos también lo harán. Trabajábamos mucho, la técnica, la coordinación individual y el comunicarse entre ellos.

Mientras, se perdían partidos… Después de cada partido, les explicaba como podíamos mejorar y corregir algunos errores y ellos se creían en la obligación de motivarme y decían “ya verás entrenadora, en el próximo partido nos va a salir!!!

Al comienzo de cada semana, era yo quien los motivaba pero a medida que fueron pasando los meses fue menos necesario hacerlo, todos llegábamos a los entrenamientos con infinitas ganas de disfrutar.

Ahora que lo recuerdo, me doy cuenta de que realmente TODOS creíamos en el mismo objetivo, y lo supimos alimentar hasta el final solo con el entusiasmo de la superación.

Mientras nosotros seguíamos trabajando duro para alcanzar nuestro objetivo, no nos dábamos cuenta de la velocidad a la que nos movíamos. Un día una persona que acudió a un partido tres meses después de haber visto el primero que habíamos jugado, y en el que habíamos perdido sin apenas subir una vez la pelota, me preguntó al final del partido cual era el equipo que estaba jugando. Me di cuenta de que no había reconocido que era el mismo equipo en los dos encuentros!

Nos clasificamos 5º, y aunque no pudimos optar por las semifinales, hicimos un último partido excelente, y por primera vez pedí a alguien que lo filmara. Un día después lo miramos.

Aquel pequeñito asustadizo con gafas era el que recuperaba la pelota y el que se hacía con la gran mayoría de los puntos. El grandullón que desde un principio intimidaba por su físico no solo a los rivales sino también a su equipo, era el que asistía en todas las acciones. El descoordinado por su altura era el que mejor y más rápido subía la pelota. El pequeño y delgadito se alzaba como el campeón de las defensas y robos de la pelota… Por fin todos jugaban con la misma intensidad y lenguaje. Y en todos sus rostros se podía ver una sonrisa, una sonrisa de satisfacción.

Siempre recordaré el silencio más absoluto mientras mirábamos y las caras de incredulidad y de sorpresa de todo el equipo…, “¿ese soy yo?”, “mirad que pase hago!”, “qué bueno el contraataque!”, “mirad cómo la subo!”, ellos sabían lo que habían logrado como equipo, pero sin darse cuenta de que cada uno había aprendido a jugar!. Tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se me cayeran las lágrimas. Después del primer cuarto yo ya no miraba el partido, lo importante era mirarles, la adrenalina me conmovía y a la vez paraba el tiempo.

Al final me dijeron con agradecimiento, “lo conseguimos!”, nos abrazamos y me marché.

Lahuella

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