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Del jugador más influyente en Chicago

Jesús Morales 31 diciembre, 2011 Blog de Jesús Morales, Blogs 1 comentario
El féretro de Benji Wilson fue visitado por miles de personas

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Noviembre de 1984. Extrañamente, y como de un aviso tempranero se tratara, era un día cálido en las calles de Chicago. Michael Jordan acababa de llegar a los Bulls y ya había supuesto una revolución notoria. Sin embargo, el mundo del baloncesto en la “Windy City” centraba sus miradas en el Simeon High School, donde Benji Wilson estaba a punto de comenzar su temporada senior.

- Voy a ser el mejor jugador del país.

- Cariño, eres sólo un chico flaco y pequeño. Vas a tener que jugar contra rascacielos. Sabes que no vas a ser el mejor contra todos ellos. A lo mejor serás el mejor de Illinois, pero…

- Mamá, ¿no me dices siempre que me ponga metas altas?

- Por supuesto, pero debes ser realista.

– ¿Entonces no piensas que esté siendo realista?

- Bueno, Benji, eso va a ser terriblemente duro. Hay muchos jugadores muy buenos.

- Lo sé, pero ninguno será mejor que yo.

Mary Wilson intentaba advertir a su hijo de 17 años de la dificultad que entrañaba aquel campus veraniego de baloncesto al que iba acudir en Princeton, Nueva Jersey. Se trataba del Nike/AFBE Camp, donde los mejores jugadores de instituto del país se reunían todos los veranos. Era el más prestigioso de todos los que había a lo largo y ancho del país.

Benjamin Wilson, conocido por todos como Benji, era poco menos que un ídolo en Chicago. Antes del verano de 1984, Benji había guiado al High School de Simeon al campeonato estatal por primera vez en la historia del instituto, siendo un jugador de primer año. Su año senior se presentaba intenso, épico. Los que le habían visto jugar decían de él que era el jugador de instituto más determinante de la historia. Chicago se rendía sus pies. La elección de Michael Jordan con el número 3 en el reciente Draft quedó en un segundo plano después de lo que para todos se convirtió en un hecho: Benjamin Wilson era el primer jugador de Illinois en ser considerado mejor jugador de instituto del país.

El instituto de Simeon se preparaba para una temporada de historia. Nick Anderson, un junior de 16 años, acababa de entrar en el equipo. Un escolta electrizante que posteriormente haría carrera en los Orlando Magic, él fue quien describió a Ben como un “Magic Johnson con tiro de tres”. Si alguien podía dar una descripción fiel y realista era Nick. Amigos desde la infancia, cuenta Anderson que “nunca le gané un uno contra uno. Siempre me decía: quizás la próxima vez. Pero no en un tono arrogante, sino esperanzador. Realmente quería que le ganase”.

Los movimientos en el poste, la absoluta y nunca antes vista capacidad de jugar en cualquier posición de la cancha y hacer lo que se propusiera, el dominio inaudito ante chavales mayores que él y la espectacularidad, en líneas generales, de su juego, no eran las únicas cualidades de Ben que relucían y encandilaban a los mayores expertos del país. “Era un líder”. Y su concentración no era fruto de la casualidad, ni era un don divino. Ben no tenía ningún don. “Todas las noches se iba a la cama con los cascos puestos y una cinta en la que se decía a él mismo que tenía que ser el mejor, que tenía que entrenarse más duramente que ningún jugador”. Uno de esos jugadores de la vieja escuela, que luchaban por todo en todo momento y anteponían al equipo por encima de todo. Y, encima, ganaba.

El mes de noviembre de 1984 se presentaba más apasionante que nunca. El inicio del novato Michael Jordan con los Chicago Bulls había sido fulgurante y apasionante. Los vientos en Windy City habían cambiado, y no sólo en la NBA. El baloncesto base también parecía tener motivos para sonreír. Con el mejor jugador de instituto en todo el país en el High School de Simeon, los expertos y los aficionados aguardaban expectantes la temporada previa al salto a NCAA -si es que no saltaba directamente a la NBA, como varios scouts dejaron caer durante el verano- de Benjamin Wilson: un prodigio de 6 pies y 9 pulgadas que podía comandar la jugada y acabarla machacando desde el poste.

En la actualidad sólo hay un gimnasio en toda la ciudad de Chicago con un nombre de jugador de baloncesto. Sólo hay un número sagrado en el estado de Illinois, un número que trae consigo responsabilidades que no todos están dispuestos a tomar. Nada de lo anteriormente dicho tiene que ver con Michael Jordan.

Los primeros vientos invernales se hacían notar el veinte de noviembre de 1984, pero por alguna extraña razón hacía un calor que recordaba a la primavera. En la avenida sur de Vincennes los chicos del Neal F. Simeon Vocational High School se tomaban un descanso para poder almorzar y afrontar con más fuerzas las clases vespertinas. Ben Wilson caminaba calle abajo junto a su amor Jetun Rush, con la que tenía un hijo de sólo dos meses. La familia Wilson estaba unida a pesar del divorcio de Ben Wilson Sr. y Mary cuando Benji tenía sólo cinco años. Su padre siguió trabajando en una barbería cercana y estuvo presente en la vida de sus cinco hijos. Una familia bastante moderna para los tiempos, con suficiente dinero como para pagar la educación de todos sus miembros. La decisión que la joven estrella había tomado de tener un hijo había sido aceptada sin más, sin que presentase ningún tipo de problema.

Hablando tranquilamente sobre sus cosas, la pareja caminó unas cuantas manzanas por debajo del instituto. A Benji sólo le quedaban unos pocos días para empezar su temporada senior. Todo el mundo le admiraba y todos le auguraban un futuro exitoso en la NBA. El balance de 30-1 que su equipo había registrado la temporada anterior, con el joven chicaguense promediando un triple doble además de 4,5 tapones, era una perfecta carta de presentación a la que unir su calidad de mejor jugador de instituto del país. “Tiene las mismas cualidades que Magic Johnson, pero él tira mejor. Tiene esa extraña aura mística. Puede dominar un partido como quiera que se lo proponga. Si quiere rebotear y taponar, lo hará. Si quiere dominar el partido desde la anotación, no le podrán parar. Puede hacerlo todo” decía un entusiasmado Bob Hambric, entrenador de Simeon.

El ruido del tren y la sombra de sus vías cubrían las cabezas de Benji, su novia y una amiga que se les había unido en el último momento. Como siempre hacía, la recibió con una enorme sonrisa. Eric “Mo” Davis era el capitán y el base de aquel equipo. “Benji era el tipo más amable que jamás conocí. Si veía a algún chico en problemas, le salvaba. Después del verano del 84, cuando era el mejor jugador del país, seguía siendo el mismo de siempre. En el autobús se sentaba a la derecha del chófer para tomar nota de todos los lugares que le rodeaban. La situación. Después de todo aquello del campus y los scouts, él seguía escuchando”. Luego termina: “era el mejor, pero se creía uno más. Todo el mundo quería ser como él. Todo el mundo debería ser como él”.

La madurez del chico contrastaba con la altanería de los jóvenes jugadores de baloncesto que prometían y que se cegaban con sus propios egos. Un hecho que parecía ser una idiosincrasia de aquellos chavales que prometían comerse el mundo. Benji era lo contrario. Dominaba como el que más, pero hablaba el que menos. “Es un escuchador, no un hablador” decía su madre.

Ya el tren ha pasado. Benji deja de forzar la voz para comunicarse con su novia y su amiga y sigue caminando apaciblemente. Un día despejado, uno de los últimos que quedaba. Sin prestar atención al camino, se tropezó con uno de los dos jóvenes que se encontraban bloqueando la acera. “Perdona”, se apresuró a excusarse Benji. Haciendo uso de la educación que tenía.

Una educación que le decía constantemente: ¿para qué ser como otros cuando puedes ser uno mismo? Por esa misma razón decidió tener el número 25 al entrar al equipo de Simeon. No el 6 de Julius Erving, o el 32 de Johnson, o el 23 de Jordan. Él quería su propio número. Quería empezar su propia leyenda desde la humildad y la originalidad.

El joven que recibió el pequeño golpe no parecía tener un buen día. Billy Moore y Omar Dixon eran estudiantes de primer año del Calumet High School, un instituto cercano. Allí sentados, querían algo de pelea, algo que les hiciera aumentar su propio ego, su propia leyenda. Las calles de Chicago eran unas de las más peligrosas de todo el país. Después de unas pocas palabras intercambiadas, Benji vio que aquello no conducía a nada y después de pedir perdón otra vez se apartó para seguir con lo suyo.

“Llevar el 25 es un honor” decía Derrick Rose al llegar al instituto de Simeon en el año 2005. “En Chicago todo el mundo conoce a Benji Wilson. Llevar su número es lo más grande que puede pasarle a uno. Cuando te sientas a ver vídeos suyos… era un adelantado. Era como un jugador de ahora”. Algo similar añade “Mo” Davis. Era Scottie Pippen y Magic Johnson con un físico superior, perfecto. Tenía un tiro de verdad, no uno aprendido. Y no hablo del Scottie Pippen que llegó a la liga. Hablo del que llegó a matar sobre Patrick Ewing. Aquel era Benji Wilson a los 17.

Rose portando el ’25’ de Benji Wilson en Simeon HS

Los gritos de auxilio, miedo y pánico hicieron correr con más empeño a Moore y Dixon. El primero de ellos había guardado como pudo la pistola del calibre 22 que acababa de disparar. Sólo una bala, pero certera. La última vez que había mirado atrás había visto al chico tirado sobre la acera. La aorta y el hígado de Benjamin Wilson habían sido agujereados. Perdía muchísima sangre. La gente se amontonaba alrededor de él mientras Benji sólo buscaba un poco de aire. Su amigo de la infancia y futuro compañero de equipo Nick Anderson llegó a los pocos segundos. “Los gritos de todos los chicos me alertaron. Gritaban: ¡Han disparado a Benji! No entendí qué ocurría hasta que tuve la noticia final”.

Más de diecisiete horas en el hospital. Los médicos trabajaron a destajo en una operación quirúrgica que a poco se quedó de durar todo un día. El peor de los presagios se confirmaba cuando el doctor jefe salía de quirófano y le comunicaba la noticia a Mary Wilson.

Más de 10.000 personas acudieron al velatorio por Benjamin Wilson. La noticia fue un titular nacional y diversas personas como el Reverendo Jesse Jackson o el alcalde de Chicago por aquel entonces trataron el tema cercanamente. No más que la propia Mary Wilson, que dirigió un discurso de seis horas a los estudiantes del High School de Simeon días después de la muerte de su hijo. El número 25 se convirtió en una religión. La leyenda comenzó aquel día caluroso de noviembre.

El féretro de Benji Wilson fue visitado por miles de personas

Benjamin Wilson es un ídolo en Chicago. Los chavales de allí, con familias arraigadas en la ciudad del viento durante bastantes años, conocen antes su nombre que el de Michael Jordan. El gimnasio en memoria de Benji Wilson es uno de los más frecuentados en la ciudad. De lo alto cuelga una camiseta con el número 25, idéntica a la que tenía el jugador cuando fue enterrado. Todos quieren ser como él porque es un ídolo. “Con su muerte se convirtió en un Martin Luther King Jr. En un Malcolm. En un referente para todos” explica Todd Harris, director del campus de Nike donde brilló. “No por el hecho de morir, sino por cómo murió. No hablamos de un jugador con un futuro incierto por su comportamiento o su forma de pensar. Benji rozaba la perfección en casi todos los aspectos. Tenía todas las cualidades con 17 años que las que tenía Michael Jordan a los 23″.

Él fue uno de los pocos que le vio jugar como mejor jugador del país. Nick Anderson no le vio, pero le recordó durante su carrera vistiendo el número 25. “Cada vez que me ponía el uniforme, pensaba que él también jugaba”.

Trece temporadas en los Orlando Magic, estableciendo récords de franquicia y jugando en aquellos Magic electrizantes de Hardaway y O’Neal. “A veces, cuando estaba en el banquillo, me ausentaba mientras me imaginaba a Benji jugando ahí, en la NBA. Y siempre lo hubiese hecho mejor”.

Su dominio no pudo completarse. Su leyenda no comenzó de la manera que debía haber comenzado. Quién sabe qué podría haber hecho profesionalmente. Ni tan siquiera tuvo una oportunidad en la universidad, a la que de ir sería para sacarse un título. “Le encantaba la historia. Sabía un poco de todo, tenía una gran cultura” dice uno de sus profesores en Simeon. Al día siguiente de su muerte, su equipo debutó en el torneo estatal, en el que acabarían cediendo en cuartos de final. Sólo un día después, Nick debutaba en el equipo en el que debería haber jugado con su mejor amigo. “Estábamos allí, jugando cuando uno de los nuestros acababa de morir. Eso puso todo el tema de la muerte en perspectiva” dice Scoop Jackson, reputado periodista estadounidense que jugaba en el equipo rival el fatídico día después.

Hace unos pocos días se cumplieron 25 años de la muerte del jugador de baloncesto más influyente de toda Chicago. El 25 aniversario. Su número. Un número que debería estar en el Olimpo de los fetiches baloncestístico.

Una bala de mala muerte se cruzó en su camino, truncando todas las promesas que, en aquella ocasión más que nunca, parecían realidades.

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1 Comment

  1. Daniel García 31 agosto, 2013 at 17:46

    Muy buen artículo

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