Comienza el nuevo año y, con ello, una nueva etapa para mí dentro de Zonadostres con la apertura de este espacio personal desde el que os contaré, desde mi puño y letra, mi visión del baloncesto. Una nueva etapa que empiezo con muchísima ilusión, con ganas reforzadas y con la intención de dar lo mejor de mí mismo para ofrecer una buena información y una buena lectura, porque no hay nada mejor que sentarse calentito en estos días fríos de invierno y leer maravillas de este deporte.
En una situación muy parecida se encuentran en Minneapolis – con más frío, eso sí – con la llegada de Ricky Rubio a la ciudad del norte de Estados Unidos. La espera ha sido larga, eterna con la presencia de un ‘lockout’ que congeló los corazones de todos los aficionados a la liga durante cinco meses. El talento de El Masnou llegaba a Minnesota el 21 de junio arropado por el calor de unos aficionados que, ansiosos y desesperados, le esperaban en el aeropuerto para darle la mejor bienvenida. Una bienvenida para el mesías encargado de reconstruir una franquicia que lleva vagando por la liga varias temporadas en busca de la luz proveniente del faro que lleve a buen puerto el proyecto.
Pero… la espera por Ricky no viene desde este verano, sino de mucho más atrás. Parece que fue ayer, pero para aquellos que asisten al Target Center en cada partido fue mucho más lejos que ayer, una travesía sin sentido en el tiempo más inmediato. Era el 24 de junio de 2009, en una noche del draft marcada por el asesinato de Michael Jackson, Ricky Rubio salía en el puesto número 5 elegido por los Timberwolves, que apostaban por él aunque con la desesperanza de que no se atreviera a dar el paso, mor de impedimentos económicos y una cláusula de salida imposible de eludir. Desde ese momento, Minnesota se convirtió en la única franquicia de la NBA en construir un proyecto en torno a un jugador que no estaba en el plantel del equipo, sino al otro lado de un gigantesco océano que separaba la cruda realidad del sueño de muchas personas.
¿Qué es lo que han hecho los Timberwolves durante estos dos años? Ser el peor equipo de la liga durante las dos temporadas. Bajo los mandos de Kurt Rambis, que intentó plantar el triángulo ofensivo con unas consecuencias más que previsibles, el Target Center ha tenido que sufrir unos resultados pésimos que estaban lejos de toda esperanza en el futuro, si bien el entorno de la franquicia lo ha sobrevivido anestesiado pensando, mientras las derrotas caían una tras otra, que todo llegaría a su fin con la llegada de Ricky. David Kahn, máximo valedor del español, ha pecado de unos movimientos que están lejos de toda ilusión… y sentido, como el traspaso de Al Jefferson, que se fue rumbo a Salt Lake City para jugar con los Utah Jazz a cambio de… nada. Lo único positivo de Minnesota ha sido la explosión de un Kevin Love –que llegó al equipo en el traspaso de O.J. Mayo a Memphis – que se ha consolidado como estrella de la NBA y con categoría All-Star con números propios de un guerrero de otra época muy diferente a la actual. Además de ello, Minnesota ha conseguido aunar una juventud de mucho talento, pero un talento que está por explotar aún y que, si lo hace, dará a Minneapolis un equipo ganador, como el de hace algunos años.
Y es que lejos quedan los tiempos en que los Timberwolves eran un equipo ganador, que alcanzaba las 50 victorias que incluso llegó a colarse en las finales de conferencia con aquel maravilloso quinteto formado por Kevin Garnett como líder, seguido del díscolo pero único Latrell Sprewell, Sam Cassell, Michael Olowokandi y Wally Szczerbiak. Pero lejos de haber continuidad, aquella temporada – la 2003/2004 – fue la última vez que Minnesota pisó la postemporada. Desde entonces un cúmulo de despropósitos desmontó un equipo diseñado para ser campeón después del gran progreso mostrado por una franquicia joven, y acabó por sumir en la ruina a una ciudad que pasó de soñar con alcanzar el cielo a no ver más allá de unos terraplenes de piedra en las que se encontraba atrapada.
Sprewell, Cassell, Olowokandi y Szczerbiak cambiaron de aires a cambio de jugadores que en ninguna hipótesis podían realizar un equipo competitivo. Pese a todo seguía Kevin Garnett, todo un MVP de la liga, que mantenía una trayectoria no demasiado calamitosa para el equipo. Pero KG también hizo las maletas rumbo a los Celtics a cambio de un paquete de 5 jugadores de los cuales ninguno permanece en la franquicia – el último en marcharse fue el propio Al Jefferson –. Ése fue el momento en el que la franquicia tocó fondo, para no volver a levantarse jamás, incluido un sorprendente traspaso de Brandon Roy, inicialmente elegido por los Wolves y a la postre rookie del año, por Randy Foye, que tampoco permanece en el equipo hoy día.
Pero desde que los pies de Ricky tocaron el suelo del aeropuerto de Minnesota, todo eso parece haber caído en el olvido. El ambiente respirado en la franquicia es otro y el futuro vuelve a tener puntos de luz que permiten soñar a los aficionados de los Timberwolves con volver a ser lo que fueron, con recuperar todo el tiempo perdido, con enterrar tantas ilusiones rotas. El base criado en la ‘Penya’ ha creado el entorno propicio para un equipo que desea crecer para llegar lo más lejos posible sin ponerse un techo que limite el horizonte de unas miradas que atraviesan todas las barreras posibles. Es mucho el tiempo que se lleva hablando de Ricky Rubio y todo lo que iba a cambiar con él antes incluso de verle pisar una cancha NBA, incluso antes de imaginar que esa posibilidad estaba cerca. Sobre todo en Estados Unidos, donde el seguimiento ha sido exhaustivo como si de una estrella de la liga se tratara. Estamos hablando, probablemente, del rookie con más tirón mediático de los últimos años, por detrás exclusivamente de Blake Griffin, número uno del mismo draft. Pero las incógnitas estaban ahí precisamente por esa misma razón, porque las expectativas eran demasiado altas ante algo que ni de lejos se había comprobado.
Pero tras los primeros partidos de esta temporada marcada por el asterisco del ‘lockout’, Ricky sólo ha encandilado más a una ciudad que vive en una nube imaginando un futuro espléndido, lleno de triunfos, repleto de gloria. El nuevo número 9 de los Wolves ha cuajado grandes actuaciones pese a salir del banco y no tener unos números espectaculares, si bien no son para nada malos y mucho mejores en algunos apartados de los que se podía esperar. Ricky cambia por completo el juego de Minnesota cuando salta al parquet. El equipo se transforma, ataca con mucha más velocidad, corre y encuentra mejores posiciones de tiro, lo que se traduce en una mayor producción de puntos con él en cancha. El de El Masnou parece haberse adaptado bien al sistema de Adelman, que hasta el momento le ha correspondido con una confianza abismal dándole en todos los partidos los minutos finales para foguearse en las situaciones más extremas, como el igualadísimo final ante los Heat de Wade, LeBron y Bosh, donde ya dio buena cuenta de sus posibilidades con un doble-doble.
El paso más importante de Ricky ha sido un cambio en su manera de entender el baloncesto. Mucho más sólido, el base toma más responsabilidades en ataque mirando el aro con mucha más facilidad y frecuencia, algo en lo que Terry Porter y el propio Adelman han tenido que ver muchísimo. Además de esa mordiente con algunas penetraciones fabulosas, Ricky ha superado su gran escollo, el lanzamiento, y es que por lo visto en sus primeros partidos no sólo no tiene miedo a tirar cuando puede, sino que también se busca sus propios lanzamientos demostrando que es un base al que no se le debe flotar demasiado – pese a la bajada de porcentajes en sus dos últimos encuentros –, algo de lo que han pecado sus defensores en estos primeros compromisos.
Más allá de esos cambios técnicos, hay algo en lo que he de hacer especial hincapié y que considero más importante de todo. Desde el primer día, como ya he dicho antes, se vio en Ricky como el mesías que vendría a salvar a los Minnesota Timberwolves del oscuro abismo en el que se hallaba sumergida la franquicia, como el líder que marcaría un antes y un después en Minneapolis. Hasta el momento, Ricky ha respondido. En ningún momento se ha amedrentado y ha estado en continua conversación con sus compañeros, dando órdenes, agrupándoles en coro para mantenerles unidos y pegando alguna voz en caso de que sea necesario. Su compenetración con los compañeros, en especial Williams, Love y Tolliver, está siendo extraordinaria. En definitiva, Ricky se está comportando con un liderazgo impropio de un rookie y de un chaval de 21 años. La presión, de momento, no ha podido con él. Quiere ser ese mesías.
El futuro en Minnesota se presenta esperanzador, con muchos sueños por cumplir por todos sus seguidores. El nivel mostrado por los Timberwolves en estas dos primeras semanas, más allá del balance nada negativo de 3 victorias y 6 derrotas, está por encima del que se podía esperar, mostrándose muy competitivos en casi todos los partidos disputados. Tras mucho tiempo – demasiado – parece que en Minneapolis tienen ya la base perfecta para hacer un equipo que crezca paulatinamente con el tiempo hasta dejar de ser unos lobeznos para convertirse en auténticos lobos feroces, con hambre y ansia de victorias. Uno de los técnicos más laureados de la liga, Rick Adelman; un jugador franquicia de garantías, Kevin Love; promesas de muchísimo talento aún por explotar, como Michael Beasley, Wesley Johnson o Derrick Williams. Y, el colofón, un jugador sobre el que están depositadas todas las ilusiones y sobre el que la confianza es la más grande en muchísimos años, Ricky Rubio. La esperanza de la manada.




