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Shved conquista la “Canción de Hielo y Fuego”

Jorge Acero 12 agosto, 2012 FIBA No hay comentarios

“¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? Es el único momento en que puede ser valiente”

El mejor partido de Aleksey Shved en estos Juegos Olímpicos bien vale una medalla de bronce. El joven jugador ruso, atemorizado e incluso castigado por David Blatt durante prácticamente todo el torneo olímpico, anotó 25 puntos y repartió 7 asistencias asumiendo junto con Kirilenko (20 puntos y 8 rebotes) una responsabilidad de subir a Rusia a un podio olímpico por primera vez desde que lo hiciera por última vez la extinta URSS en Seul ’88. Y lo hizo derrotando no sólo a Argentina, sino a otra demostración de carácter, de apasionada entrega e inhumano sacrificio, de una laureada generación liderada por Manu Ginobili (21 puntos) que se marcha de Londres sin la que hubiese sido su tercera presea olímpica consecutiva. El bronce es para Rusia; el recuerdo, imborrable una vez más a pesar de la “Shvedtacular” irrupción del joven jugador ruso, nos lo ofrece Argentina.

Los rusos conquistaron la medalla de bronce | FIBA

El partido comenzó con un ritmo atrevido en el que Kirilenko pronto se sintió capaz de redimir su insuficiente actuación ante España en semifinales. Los 5 primeros puntos de su equipo fueron suyos, colocando las primeras ventajas en el marcador a favor de Rusia. Pero del 4-10 inicial, se pasó a un 14-12 de la mano de Ginobili, que si bien conectaba sus dos primeros triples, tuvo que marcharse al banquillo antes de acabar el primer periodo al cometer sus dos primeras faltas. El intercambio de golpes, con Nocioni (16 puntos y 7 rebotes) y Delfino (15 puntos y 6 rebotes) anotando desde más allá de la línea de tres por un lado, y Vitaliy Fridzon anotando cómodo por otro, mantenía igualado el marcador, ligeramente dominado por los de Julio Lamas, al término del primer periodo (20-19).

En ese momento la raza argentina, con Andrés Nocioni coleccionando sensaciones, empezaba a perforar el hielo ruso, tácticamente bien plantado pero carente de alma, de empuje, de esa pasión de la que presumen los equipos ganadores. Un 7-0 liderado por Carlos Delfino obligó a David Blatt a pedir un tiempo muerto tras el cual los suyos, impasibles, tardaron menos de un minuto no sólo en empatar el partido a 27, sino a colocarse por delante en el marcador al culminar un parcial de 0-12 (27-33) que coincidió con los peores momentos de Argentina. Dos triples de Leo Gutiérrez y otro de Ginobili cortaban la hemorragia dándole la vuelta una vez más al marcador (36-33). Argentina echaba de menos a Scola (que acabó con 11 puntos, 6 rebotes y 4 asistencias), quien sufría la tan temida defensa de ajustes que ya sufrieran los hermanos Gasol en sus enfrentamientos con David Blatt, y abusaba en exceso (aunque con acierto) del triple, pero los rusos, a pesar de la inquietante irregularidad ofrecida, dominaron esta vez un nuevo y florido intercambio de canastas que les mantenía con ventaja (38-40) al término del segundo periodo.

Entonces Argentina mostró su peor cara. Y Rusia la mejor, sobretodo en defensa. El 50-61 impuesto por un frenético arranque ruso, físicamente mejor plantado en defensa, y paradójicamente más móvil en ataque, intentaba mostrarnos a una Argentina apagada, triste. Pero no derrotada. Cuando Julio César Lamas se vio obligado a pedir el segundo tiempo muerto del tercer cuarto, seguro estaba convencido que los suyos no iban a dejarse vencer tan fácilmente; y así fue. Un 2+1 de Ginobili primero, y un sorprendente triple de Facundo Campazzo a una pierna al término del tercer periodo, mantenía a la albiceleste con vida, demostrando que a estos jugadores se les puede herir infinitas veces, pero matarles a veces se antoja harto complicado. Rusia seguía por delante en el marcador (57-61), pero había perdido una oportunidad enorme de sentenciar medalla.

Unos parecían luchar hasta la extenuación. Otros, los rusos, se mantenían imperturbables aun cuando Argentina empataba el marcador a 64. Esta “Canción de Hielo y Fuego” empezaba a tomar un cariz épico, de esos que alimentan la leyenda, y cuyos protagonistas, al escribir sus últimos versos, se saben conscientes de la trascendencia, del eco, que tendrán sus empresas en la eternidad. Pero la historia (aunque no siempre) la escriben los vencedores, y Aleksey Shved había elegido este partido para erigirse en protagonista de un genial desenlace. Con siete puntos consecutivos, el nuevo jugador de los Wolves ponía la medalla de bronce al alcance de los suyos con un aparentemente definitivo 66-71 en el marcador. Aunque un nuevo triple de Nocioni y otro de Ginobili devolvían la iniciativa a Argentina (72-71) a menos de tres minutos para el final del partido. Esta vez, en el momento de la verdad, el intercambio de canastas iba a ser frenético. Fridzon (19 puntos) tras rebote ofensivo de Kirilenko ponía el 75-76 en un marcador que Ginobili daba otra vez la vuelta con un espectacular aro pasado de tinte heroico (77-76 a falta de 43 segundos). Entonces apareció de nuevo Shved, inesperado héroe ruso, para asumir la responsabilidad y demostrar de nuevo su liderazgo en el partido ante Argentina, anotando un espectacular triple que puso el 77-79 casi definitivo. El triple liberado de Nocioni desde la misma esquina donde ya fallara en Japón 2006 contra España no entró, y Argentina se quedó sin su tercera medalla olímpica consecutiva. El bloque de hielo ruso pudo con el vivo fuego argentino hasta hacerse con una medalla de bronce, conseguida bajo el liderazgo de un decisivo aunque desapercibido Kirilenko, y de la osadía de un tímido y atormentado Shved, convertido en el nuevo héroe nacional ruso. No obstante la leyenda, el recuerdo, jamás se olvidará de una generación de la que aún, no queremos despedirnos. Hoy más que nunca, “aguante, Argentina”.

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